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Ajenos a la vida de Dios

Lo que para unos es objeto de culto: culto a la belleza, culto a la inteligencia, culto a las riquezas, culto al poder; es para otros codicia de la carne, codicia de los ojos, y la soberbia de la vida.

Mientras unos viven en completa dedicación y disfrute de las cosas, otros experimentan, a través de estas mismas cosas, toda clase de tentaciones y pruebas.

Son perspectivas de la vida, puntos de vista, posiciones mentales y actitudes, opuestas e irreconciliables.  Y son, de hecho, formas de vivir que definen el destino eterno de las almas, que ya sea sujetas a los irrefrenables deseos de la carne cifran todo el valor de su existencia en el mínimo espacio de tiempo que su respirar les concede, o que, liberadas de este fútil pensamiento, han logrado ver los valores de las cosas venideras, a la luz de la Vida de Dios.

 

Los traductores de la escritura, no han hecho ninguna diferencia al traducir la palabra “vida” en los textos bíblicos.  Así, la vida biológica (bios), la vida del alma (psuque), y la vida divina (zoe) han sido traducidas, todas por igual, simplemente como “vida”.

Pero, todos sabemos, hay una gran diferencia.  Una que, al conocerla, nos permite comprender más profundamente lo que expresa el testimonio de la escritura, en su contexto general, y en sus partes.

Pero no es estas diferencias ni sus formas de aplicación lo que nos ocupa aquí, aunque animamos vigorosamente a los estudiantes a esclarecer las diferencias, lo que puede hacerse expeditamente haciendo uso de un diccionario multiléxico, como Strong o Barclay, que nos ayudará a establecer la connotación de los términos dentro de su contexto, y trayendo luz a nuestra lectura.

En estos días que se habla tanto de revelación”, se hace particularmente urgente que podamos entender a lo que nos referimos al utilizar esta palabra.[1]  Dada la escritura, como “revelación de Dios”, es preciso atender a que “ninguna profecía es de interpretación privada”, o sea, ninguna palabra que se habla (o escribe) inspirada por Dios, es de aplicación subjetiva, solamente.  Tenemos la escritura como testigo, “la palabra profética, la más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro hasta que el día amanezca…” (2 Ped 1:119), así que, líbrenos el Señor, por su Espíritu, de asirnos de una interpretación alejada del testimonio fiel de la palabra profética de la escritura, pues esto significaría permanecer en el lugar oscuro.  Y mientras se dice ¡Revelación, Revelación!, bien haremos en sustraer nuestras emociones y hacer uso de cordura, atendiendo al buen uso del testimonio que nos ha procurado nuestro Padre, a fin de que no perdamos el camino.

 

“Esto pues digo y requiero en el Señor: que ya no viváis como viven los gentiles, en la futilidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, totalmente ajenos a la vida de Dios a causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:17-18)

 

Con qué puedes identificar “la Vida de Dios”, ¿con la vida del cuerpo, que envejece y se arruina?…, o ¿con la vida del alma, que depende de emociones, sensaciones y pensamientos?… ¡NO!, la Vida de Dios es la vida “increada”, cuyo origen es Dios mismo.  El atributo comunicable con el que Él infunde aliento de vida al objeto de esta creación (Gen 2:7). Y con el que Cristo lo hace con el nuevo hombre (Jn 20:22)

Mientras el hombre permanece ensimismado en sus necesidades, emociones y pensamientos, está viviendo en la vida de Adán, dirigido por “el conocimiento del bien y el mal” “ajeno a la vida de Dios”; pero cuando ha nacido de nuevo, a la luz de Cristo, aquel aliento de Dios, perdido en la desobediencia del pecado, ha vuelto a su espíritu.

Todo aquello que, en su mente ofuscada, tenía por bueno, comienza a serle descubierto en su real naturaleza pasajera, fugaz, inútil para los fines de una nueva vida, y su conciencia se lo hace saber, porque su espíritu ha sido vivificado (1 Cor 15:45)

Los discípulos de Cristo, son enseñados en Cristo, conforme a la verdad que está en Él, descubriendo, así, que hay una antigua manera de vivir, y que esta constituye “el viejo hombre”, y que éste está corrompido por los deseos engañosos, y comienzan entonces a renovarse en el espíritu de su mente (Rom 12:2), para vestirse del “Nuevo Hombre”, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efe 4:20-24),

La revelación de la nueva vida, hará morir el amor por el mundo de las cosas, pues el amor del Padre es superior a cualquier cosa pasajera (1 Jn 2:15), y la Vida de Dios no viene del mundo, sino del Padre (1 Jn 2:116).

Si eres un discípulo y te encuentras expuesto a enseñanzas que dan valor a las cosas y al mundo de las cosas, debes saber que esa no es la doctrina de los apóstoles, que ese no es el testimonio de Dios. Y no importa si te es presentado como revelación y se te entrega con fanfarria de emociones y prestidigitación, necesitas oír el consejo del anciano: “Hijitos, ya es la hora postrera, y según habéis oído que el anticristo viene, así han surgido ahora muchos anticristos, por lo cual sabemos que es la hora postrera.” (1 Juan 2:18)

Os estoy escribiendo esto sobre los que intentan engañaros.
(1 Juan 2:26)

paul-en-christo

 

Cada día se levantan con más y más asuntos que quieren capturar tu interés, cultos y ceremonias más atractivos y más reglas y compromisos que obran con el objetivo de retener tu mente y tus emociones, pero “el mundo está pasando, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2:17)

La vida de Dios está en ti, no extravíes más tu mente como lo hacen los que no conocen a Cristo, que viven perdidos en la inutilidad de sus pensamientos, teniendo entenebrecido el entendimiento…

Pero tú, vístete del nuevo hombre, porque tú, has venido a la luz…

[1] Revelación, del griego apokalupto que significa desvelar, develar, descubrir.  (Diccionario Strong).
Que al referirse a lo concerniente al estudio de la escritura, se encuentra relacionada con  aletheia  = la realidad que se encuentra en la base de la apariencia; la esencia manifiesta y veraz de algo”  (Diccionario Vine NT). La solución de toda “aporía”, que causa el “asombro” o sea sacar de la sombra.

 

¿Qué es ser un “cristiano”?

Si Usted es un creyente con algún tiempo de serlo, seguramente habrá escuchado (o leído) muchas diversas afirmaciones acerca de lo que es “ser un cristiano”; y lo más probable es que tenga Usted mismo algo que decir al respecto.

Si nos atenemos a la historia que el Nuevo Testamento nos relata, cualquiera que sea nuestro concepto, tendrá que ver con el discipulado. Lucas escribe acerca de cómo, en Antioquía, no muchos años después de la partida del Señor Jesús, los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez. Esto está registrado en el capítulo 11, verso 26 del libro de Hechos.

Así que la pregunta avanza a: ¿qué es un discípulo?: y la respuesta sencilla y directa que conocemos es: el que sigue a Cristo, el que es como Él. El énfasis está en ser como Cristo.

En 1418 Thomas Kempis escribió y publicó su muy conocido libro “La imitación de Cristo”, y en las postrimerías del siglo XIX, medio siglo después, Charles M. Sheldon, publicó su libro “En sus pasos: ¿qué haría Jesús?”.

Por generaciones los cristianos han estado tratando de hacer “lo que Jesús haría”; pero… ¿Cuál es la razón por la que no vemos que esto funcione?

Todo pareciera hacer figurar a la iglesia de hoy como aquella que ha dejado a Cristo fuera, tocando la puerta.  Una iglesia que lo tiene todo, pero que no puede ser como Cristo.

Algo ha fallado, asumiendo que hemos puesto todo nuestro esfuerzo, habremos de reconocer que no podemos vivir la vida de Cristo por nuestras fuerzas, que cuando tratamos de hacerlo nos encontramos con una extenuante tarea de la que, mientras más nos esforzamos, más frustración recogemos. Necesitamos algo, mucho más, que tratar de imitar un comportamiento externo,

El Señor mismo dejó muy claro, que nosotros no podemos vivir esta vida, sino que él habría de vivirla, a través de nosotros.  “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en mí, y Yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5)

Y Él mismo no podía vivir sin la vida del Padre. “Jesús pues declarando, les decía: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que Él hace, esto también hace igualmente el Hijo.” (Juan 5:19)

La potencia de la “vida cristiana” se fundamenta en el hecho de que su fundador, a diferencia de otras religiones, vive.  Y el anuncio del Evangelio es que vive en el interior de cada uno de aquellos que ha creído y en arrepentimiento, ha vuelto su corazón a Él.  Cada uno de estos, ha sido llamado a vivir por Su vida residiendo en su interior.  “Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por medio del Padre, así el que me come, éste también vivirá por medio de mí.”  (Juan 6:57)

La realidad del evangelio reside en esta vida interior, que nos es dada por la fe en el Señor Jesucristo, “para que todo aquel que cree no se pierda, más tenga vida eterna”, una vida que no pertenece al ámbito de lo temporal, y que por tanto no tiene como referencia el mundo de las cosas.

El mensaje del apóstol Pablo es “No yo, pero Cristo en mí”, y “Cristo en vosotros…”.  Y él mismo vive consciente de que “aunque el hombre exterior se va desgastando, el interior, no obstante, es renovado día en día…. No poniendo nuestra mira en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.”  (2 Cor. 4:16-18)

Así pues, el discipulado, es un camino cuyo norte no está en nada de lo que vemos.  Hemos sido renacidos a una vida del Espíritu, en nuestro espíritu, y es esta Vida que fluye de nuestro interior, ocupando más y más de nuestro vivir, lo que constituye el vivir por medio de Él.

Cuando tomamos el pan y el vino, debemos estar conscientes de que comer Su cuerpo y beber Su sangre significa tomar Su Vida, creer en Cirsto es ser un solo espíritu con Él (1 Cor :17), y hacer parte de Su cuerpo (1 Cor 10:17), el Nuevo Hombre (Efe 2:15).

Así, la vida cristiana no es un asunto de imitar las cosas que el Señor hizo mientras vivió sobre la tierra (como si pudiéramos hacerlo en nuestras propias fuerzas), sino más bien de vivir por la misma vida que Él vivió Su vida.  Se trata de estar en contacto con la misma fuente de Su vida y Sus obras, la vida del Espíritu.

El Evangelio no se trata de librarte del infierno y llevarte al cielo, sino más bien de traer a Dios de los cielos a tu interior, de tal manera que sea expresado visiblemente, y glorificado en Su creación.

 

Cuando venga en aquel día para ser glorificado en Sus santos
y ser admirado en todos los que creyeron

2 Tes 1:10a Él

Que termine Su obra…

ni en este monte ni en Jerusalem…”

 

El capítulo 4 del evangelio de Juan nos relata uno de los más extraños, y mal entendidos, momentos del tránsito del Maestro, cuando se volvió de Judea a Galilea, después de haber iniciado Su ministerio, haciendo muchos discípulos.  El camino pasaba por Samaria, aquel sitio había sido despojado de sus habitantes hebreos más de 700 años atrás, cuando las diez tribus fueron llevadas cautivas a Asiria, y vuelto a poblar por extranjeros provenientes de otras regiones bajo el dominio del Rey de Asiria.  Su población era mestiza y sus prácticas religiosas idólatras, mezcladas con judaísmo.  Los judíos consideraban inmundos a los samaritanos y no se relacionaban con ellos, mucho menos con sus mujeres, con quienes tenían incluso prohibición de hablar.

Sin embargo, es allí, con una mujer samaritana, donde el Señor se da a conocer como el agua de vida y como el Yo Soy.  Y es a ella, aquella mujer impura e indigna, a quien dice: “Dios es espíritu, y los que le adoran, deben adorar en espíritu y verdad”.  “No aquí, ni en Jerusalem, adoraréis al Padre”.

Pocos días atrás, en el templo, había declarado “destruid este templo, y en tres días lo levantaré”, hablando de Su cuerpo.  Y aquellos que ostentaban el orgullo de ser guardianes de la escritura, y sus intérpretes, no le entendieron.

¿Podría la samaritana entender la dimensión de lo que aquel que se presentaba como “el Ungido”, el Yo Soy, le decía? – NO.  ¿Pudieron los escribas y fariseos comprender aquella declaración en la que Él anunciaba, no sólo Su resurrección, pero anticipaba, además,  lo que después Pablo enseñaría: “vosotros sois el cuerpo del Mesías” (1 Cor 12:27)? – NO.

Más esto, no es extraño. El cambio que se sobrevenía despojaba de contenido todas las prácticas y símbolos de su religión externa.  Un miembro de la casta sacerdotal, vestido de piel de camello y no de túnica; morador del desierto y no de la Casa; un nazareo, que comía langostas y miel, había señalado: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado el mundo!”.

De manera que no había ya sacrificio, no había ya sacerdocio, no habría templo, y no habría más culto.  El Padre quiere adoradores que le adoren en espíritu y en realidad.

Que aquellos no lo entendieran, pues, no era extraño.  Pero que hoy persistamos en levantar sacerdocios, en la forma de hombres que se constituyen en intermediarios entre Dios y los hombres; que insistamos en construir edificios para llamarlos “casas donde Dios habita”, lugares santos y altares; y que continuemos elaborando sistemas de culto; eso sí es terrible.

Allí, en aquella tierra, que atestiguaba el justo juicio de Dios sobre la desobediencia y la necedad, el Señor declaró tales cosas.  Y mientras sus discípulos le preguntaban ¿tienes hambre, has comido? … Él respondía:

Mi comida es que Yo haga la voluntad del que me envió
y termine su obra…

Acerca de “Apóstoles y profetas” gobernando la Iglesia de Cristo.

 

 

Vemos en la actualidad un inusitado auge en el surgimiento de “apóstoles y profetas”, y con ello, enseñanzas de todo tipo, apoyando unas y atacando otras, el soporte doctrinal de este fenómeno.  A continuación un aporte que pretende esclarecer, más que el significado de esta clase de servicios, lo que la escritura y la historia de la Iglesia nos enseña al respecto.

Primero, es necesario acotar que la verdadera cuestión no debiera ser si existen o no los apóstoles y profetas hoy en día.  Este no es un asunto que han de determinar los teólogos de ninguna facción doctrinal (y es así porque quien ha dado, y da, dones a los hombres es el Señor Jesucristo).  Lo verdaderamente importante es aclarar algunas cosas respecto a la terminología y conceptos que yacen bajo el uso que se hace hoy en la iglesia “institucional” de este “movimiento apostólico y profético”.

Necesitamos tener presente que la Biblia, tal como es conocida para nosotros, es el producto de traducciones que surgieron a la imprenta en tiempos institucionales, es decir, cuando los usos jerárquicos y la división de clero y laicado estaban ya establecidos y muy vigentes.  Esto fue determinante, por ejemplo, para el uso de la palabra “ministerios” en plural, al referirse a los dones de Efesios 4.  Si hacemos una lectura sobria y objetiva, el pasaje habla de UN MINISTERIO, y este es la edificación del Cuerpo de Cristo.  Los dones, según el texto, y el contexto, fueron dados por el Señor con el fin de “equipar a los santos”.  Habla, pues, de dones que recaen en hombres, que sirven a “los santos”, y que les equipan para la obra del ministerio, el cual es, queda dicho, la edificación del cuerpo de Cristo.

No hay tal cosa como generales, coroneles, capitanes, etc… o algo parecido a un escalafón u orden jerárquico, escondido en este ministerio, pues es un ministerio que corresponde a los santos.

Otro ejemplo importante es el uso de la palabra “pastor” (poimen). Siempre que aparece en el NT se refiere a pastores de ovejas, o al Pastor que es Cristo.  El único versículo donde se cita dicha palabra en relación a un oficio, es en Efe 4 con un término griego de afinidad desconocida.  En realidad esta palabra, pastor, o pastores, no aparece nunca como tal asignado por la Biblia a un oficio, y si investigamos el uso y la frecuencia que tiene el término en las epístolas de Pablo, seremos muy sorprendidos al notar que está prácticamente ausente, ya que él se refiere a los “ancianos”.

En el NT no aparece NUNCA tal cosa como un “ordenamiento” de “pastor” y mucho menos la “unción” de alguno.  Vale traer a cuenta que, aparte de la selección por sorteo de Matías en Hech. 1, tampoco aparece nombramiento o unción alguna de apóstoles.

En relación el roll de liderazgo que pretenden obtener los actuales “super apóstoles”[1], este no es más que un resabio de la herencia transmitida del papado a “la reforma”.

  • De hecho hasta el segundo siglo, la iglesia no conoció ningún liderazgo oficial[2]

En este sentido, las congregaciones del primer siglo eran una verdadera rareza. Eran grupos religiosos sin sacerdote, templo o sacrificio. Los cristianos mismos vivían la iglesia bajo la dirección del Espíritu.

Entre la grey o rebaño estaban los ancianos (pastores o supervisores). Todos estos en un pie de igualdad. No había ninguna jerarquía entre ellos[3]. También había obreros extra locales que plantaban iglesias. Estos eran denominados “enviados” o apóstoles. Pero ellos no fijaban residencia en las iglesias que cuidaban. Tampoco las controlaban.  El vocabulario del liderazgo en el Nuevo Testamento no sugiere ninguna estructura piramidal. Es, más bien, un lenguaje de relaciones horizontales que supone, sobre todo, la acción ejemplar[4]

Todo esto fue así hasta que Ignacio de Antioquía (35-107 d.C.) apareció en escena. Ignacio fue la primera figura de la historia de la iglesia en dirigirse por el camino resbaloso hacia un líder único en la iglesia. Podemos encontrar el origen del Pastor moderno y la jerarquía eclesiástica en él.    Ignacio elevó a uno de los ancianos por encima de todos los demás. El anciano elevado era conocido ahora como “el obispo”. Todas las responsabilidades que pertenecían al cuerpo de ancianos eran ejercidas por el obispo.

En el año 107 d.C., Ignacio escribió una serie de cartas mientras iba camino a Roma para ser martirizado. Seis de las siete cartas tratan el mismo tema. Están llenas de una exaltación exagerada de la autoridad y la importancia del cargo de obispo.

Según Ignacio, el obispo tiene el poder último y debe ser obedecido absolutamente.

Consideremos los siguientes extractos de sus cartas: “Todos ustedes siguen al obispo como Jesucristo sigue al Padre… Nadie debe realizar ningún asunto de la iglesia sin el obispo…  Donde aparezca el obispo, ahí debe estar el pueblo… Ustedes mismos nunca deben actuar  independientemente del obispo y el clero. Deben considerar a su obispo como un tipo del Padre…Todo lo que él apruebe complace al Padre…”[5]

Para Ignacio, el obispo ocupaba el lugar de Dios, en tanto que los presbíteros ocupaban el lugar de los doce apóstoles[6]. Solamente el obispo podía celebrar la Cena del Señor, realizar bautismos, dar consejos, disciplinar a los miembros de la iglesia, aprobar matrimonios y predicar sermones[7]

En la mente de Ignacio, el obispo era el remedio (humano) para ahuyentar la falsa doctrina y establecer la unidad de la iglesia. Ignacio creía que, si la iglesia pretendía sobrevivir el embate de la herejía, debía desarrollar una estructura de poder rígida siguiendo el modelo de la estructura política centralizada de Roma.[8]

El gobierno del obispo único rescataría a la iglesia de la herejía y las luchas internas.[9]

Históricamente, esto se conoce como el “mono-episcopado” o “episcopado monárquico”. Es el tipo de organización donde el obispo se distingue de los ancianos (el presbiterio) y está por encima de ellos.

En el tiempo de Ignacio, el gobierno del obispo único no había rendido en otras regiones[10]. Pero, para mediados del segundo siglo, este modelo estaba firmemente establecido en la mayoría de las iglesias[11]. Para fines del tercer siglo predominaba en todas partes[12].

Con el tiempo, el obispo se convirtió en el principal administrador y distribuidor de la riqueza de la iglesia[13]. Era el hombre responsable de enseñar la fe y de saber de qué se trataba el cristianismo[14]. La congregación, otrora activa, había sido transformada en sorda y muda. Los santos meramente observaban la actuación del obispo.

En efecto, el obispo llegó a ser el único “Pastor” de la iglesia, el profesional de la adoración común[15]. Era considerado el portavoz y la cabeza de la congregación. La persona cuyas manos manejaban todos los hilos de control. Todos estos papeles hicieron que el obispo fuera el precursor de lo que es el apóstol moderno.

A mediados del tercer siglo hizo su aparición Cipriano  de Cartago (200–258 dC) ex orador y maestro de retórica pagano, a cuya influencia se atribuye la reincorporación del sistema del AT  de sacerdotes, templos, altares y sacrificios, los obispos comenzaron a ser llamados sacerdotes, algunas veces pastores, aunque el establecimiento de este uso vendría luego, con Calvino, a quien no le gustaba la palabra sacerdote y prefirió la utilización de “pastor”[16]; sin embargo prácticamente estaba restableciendo aquel roll del principio, dentro de una nueva institucionalidad, distinta de la romana, pero con usos muy similares en el fondo, alejados de la práctica de la iglesia sencilla del principio.

A Lutero tampoco le gustaba la palabra “sacerdote” para definir a los nuevos ministros protestantes. Escribió: “No podemos ni debemos dar el nombre de sacerdote a los que están encargados de la Palabra y los sacramentos entre el pueblo. La razón por la que han sido llamados sacerdotes es por la costumbre de los pueblos paganos o como un vestigio de la nación judía. El resultado es perjudicial para la iglesia”[17]. Así que él también adoptó los términos “predicador”, “ministro” y “Pastor”. El término cambió, pero la función permaneció.  Y a partir de aquí se convirtió en un paradigma.

Zwinglio y Martín Bucero (1491-1551) también preferían la palabra “Pastor”. Escribieron tratados populares sobre esto[18]. Como resultado, el término empezó a penetrar en las iglesias de la Reforma[19]. Sin embargo, debido a su obsesión con la predicación, el término favorito de los reformadores para el ministro fue “predicador”[20]. Y así fue como la gente común los solía llamar.

Fue recién en el siglo XVIII que el término “Pastor” se volvió de uso corriente, eclipsando a “predicador” y “ministro”[21]. Esta influencia vino de los pietistas luteranos[22]. Desde entonces, el término se ha generalizado en el cristianismo dominante[23].

Aun así, los reformadores elevaron al Pastor a cabeza funcional de la iglesia. Según Calvino, “El cargo pastoral es necesario para preservar la iglesia en la tierra de una forma mayor que el sol, los alimentos y las bebidas son necesarios para nutrir y sostener la vida presente”[24].

Los reformadores creían que el Pastor poseía poder y autoridad divinos. No hablaba por su propia cuenta, sino en nombre de Dios. Calvino reforzó aún más la primacía del Pastor al considerar las acciones de desprecio o burla hacia el ministro como serias ofensas públicas[25].

Esto no debería ser una sorpresa cuando vemos de dónde tomó Calvino su modelo para el ministerio. Ciertamente no lo tomó de la iglesia de la era apostólica. En cambio, ¡tomó como modelo el gobierno del obispo único del segundo siglo![26] Lo mismo ocurrió con los demás reformadores[27].

La ironía aquí es que Juan Calvino se quejaba de la iglesia católica romana porque edificaba sus prácticas sobre “invenciones humanas” en vez de la Biblia [28]. ¡Pero él hizo lo mismo! En este sentido, los protestantes son tan culpables como los católicos. Ambas denominaciones basan sus prácticas en la tradición humana.

La palabra del Nuevo Testamento para ministro es diakonos. Significa ‘siervo’. Pero, esta palabra ha sido prostituida porque los hombres han profesionalizado el ministerio.  Hemos tomado la palabra “ministro” y la hemos equiparado con el Pastor sin ninguna justificación bíblica. De la misma manera, hemos equiparado erróneamente la predicación y el ministerio con el sermón del púlpito. Otra vez, sin justificación bíblica.

Y finalmente, como una “nueva revelación” referente al “ministerio quíntuple”, doctrina estrechamente relacionada con lo “sobrenatural” como el ámbito en el que se mueve la fe, aparece el relevante título de “apóstol” para los principales líderes dominionistas, y con estos, los nuevos profetas.  Esto sin ninguna relación de fondo con la práctica y el ejemplo de la iglesia apostólica y más bien revelando una tendencia marcada a rechazar lo espiritual, por preferir lo sobrenatural.  Es de notar que ninguno de los apóstoles hace nunca una alusión a lo “sobrenatural”, en cambio sí hacen un énfasis en lo espiritual, en lo que concierne al Espíritu de Dios y al espíritu del hombre. Es en este contexto histórico de degradación y superstición que se da el actual auge de apóstoles y profetas, y es imposible verlo desde otro punto de vista.

CONCLUSIÓN

La discusión apologética acerca de si existen o no apóstoles en la actualidad no tiene en realidad mucho sentido.  El punto central es la división de clero y laicado dentro de un concepto institucional humano, ya que es en este contexto que se presenta la moda actual que sitúa al apóstol como un super-ministro con jerarquía sobre todos los demás (de allí la irónica forma de Pablo al referirse a aquellos que pretendían establecerse en la iglesia como líderes), lo que va en definitiva en dirección opuesta al propósito de Dios. Si no vemos esto, no podremos ver el resto.

Él dio dones a los hombres, para la edificación del Cuerpo de Cristo[29],  un ente orgánico del que la cabeza es Cristo mismo[30]. Cristo es cabeza de todo varón[31] y actúa en los creyentes por la obra de Su Espíritu que está formándole, a Cristo, en cada uno de ellos[32].  Pablo exclama alborozado: Cristo en vosotros, la esperanza de gloria[33].

La iglesia es un organismo espiritual (no sobrenatural), porque está formado por los nacidos de nuevo, del agua y del Espíritu, los que han recibido un nuevo espíritu en su ser y constituyen “el nuevo hombre”[34].

Este enunciado es diametralmente opuesto a la idea de una organización o institución humana, no atiende a estructuras establecidas por hombres; y es aquí donde el enemigo, el salteador de la Casa columna y baluarte de la verdad ha tenido éxito, al infiltrar solapadamente conceptos, por la vía de “nuevas revelaciones” que sutilmente alejan la mente del creyente de la sinceridad espiritual del Evangelio[35].

Así que, cada uno esté plenamente convencido de lo que cree …..[36]

Referencias y Bibliografía

[1] cita irónica de Pablo en 2 Cor 11:5 / 12:11
[2] James D.G. Dunn, New Testament Theology in Dialogue (Philadelphia: Westminster Press, 1987), pp. 123, 127–129
[3] En los escritos de los padres de la iglesia primitiva, las palabras “pastor”, “supervisores” y ancianos” son utilizados siempre de forma intercambiable, como ocurre en el Nuevo Testamento. F.F. Bruce dice: “Que el lenguaje del Nuevo Testamento no nos permite hacer una distinción entre la palabra griega traducida como “obispo” (episkopos) y la que se traduce como “anciano” (presbyteros) no necesita ser discutido demasiado.
Pablo pudo dirigirse a los ancianos reunidos de la iglesia de Éfeso como aquellos que el Espíritu Santo había designado obispos. Mas tarde, en las Epístolas Pastorales (las dirigidas a Timoteo y Tito), los los términos parecen ser utilizados de forma intercambiable también” (The Spreading Flame, Grand Rapids: Eerdmans, 1958, p. 65). De hecho, los obispos, ancianos y pastores (siempre en plural) siguen siendo considerados como idénticos en los escritos de 1 Clemente, la Didaché y Hermas. Fueron considerados como idénticos hasta el inicio del segundo siglo. Ver también James Mackinnon, Calvin and the Reformation (New York: Russell and Russell, 1962), pp. 80-81; Everett Ferguson, Early Christians Speak: Faith and Life in the First Three Centuries (Abilene: A.C.U. Press, Third Edition, 1999), pp. 169–173.
[4] 1 Corintios 11:1, 2; 2 Tesalonicenses 3:9; 1 Timoteo 4:12; 1 Pedro 5:3.
[5] Estas citas aparecen en las cartas de Ignacio a las iglesias de Asia Menor, Early Christian Writings: The Apostolic Fathers (New York: Dorset Press, 1968), pp. 75–123.
[6] Edwin Hatch, The Organization of the Early Christian Churches (London: Longmans, Green and Co., 1895), p. 185. p. 106; Early Christian Writings: The Apostolic Fathers, p. 88. El libro de Hatch muestra que la evolución gradual de la organización de la iglesia y diversos elementos de esa organización fueron adoptados de la sociedad grecorromana.
[7] Robert M. Grant, The Apostolic Fathers: A New Translation and Commentary, 6 Volumes (New York: Thomas Nelson and Sons, 1964), Vol. 1, pp. 58, 171.
[8] Kenneth Strand, “The Rise of the Monarchial Episcopate,” en Three Essays on Church History (Ann Arbor: Braun–Brumfield, 1967); Ordination: A Biblical–Historical View, p. 175.
[9] Christian Priesthood Examined, p. 69; Early Christian Writings: The Apostolic Fathers, pp. 63–72.
[10] Cuando Ignacio escribió sus cartas, el gobierno del obispo único se estaba practicando en ciudades de Asia Menor como Éfeso, Filadelfia, Magnesia y Esmirna. Pero aún no había llegado a Grecia o al Occidente, como Roma. Aparentemente el gobierno del obispo único se abrió camino en dirección oeste desde Siria a través de todo el imperio. The Spreading Flame, pp. 66–69; H. Richard Niebuhr and Daniel D. Williams, ed. The Ministry in Historical Perspectives (San Francisco: Harper and Row Publishers, 1956), pp. 23–25.
[11] Esta es la explicación más satisfactoria de la evidencia histórica de cómo el obispo surgió gradualmente del presbiterio. Christian Priesthood Examined, p. 67; The Spreading Flame, p. 69; The Christian Ministry, de J. B. Lightfoot,
[12] The Ministry in Historical Perspectives, p. 25.
[13] S. L. Greenslade, Shepherding the Flock, p. 8.
[14] Christian Priesthood Examined, p. 68.
[15] James P. White, Protestant Worship and Church Architecture (New York: Oxford University Press, 1964), pp. 65–66.
[16] John Calvin, Institutes of the Christian Religion (Westminster Press, 1960), Bk. 4, Ch. 8, No. 14.   “Pastor” (en inglés) viene de la traducción latina de “pastor” (de ovejas). William Tyndale prefirió el término “Pastor” en su traducción de la Biblia. Tyndale dabatió con Tomás Moro sobre el tema de “Pastor” vs. “sacerdote”. Tyndale, un protestante, tomó la posición de que “Pastor” era exegéticamente correcto (ver The Parker Society Series on the English Reformers para este intercambio).
[17] Luther’s Works, 40, 35.
[18] Uno de los libros más influyentes durante la Reforma fue The Pastorale, de Bucero. En el mismo espíritu, Zwinglio publicó un tratado llamado The Pastor.
[19] El orden eclesiástico de Calvino, de Pastores con el gobierno de ancianos en Ginebra, se convirtió en el modelo más influyente durante la Reforma. Pasó a ser el modelo para las iglesias protestantes de Francia, Holanda, Hungría, Escocia y entre los puritanos ingleses y sus descendientes (Ministry in Historical Perspectives, p. 131, 115–117). Calvino también dio origen a la idea de que el Pastor y el maestro eran los únicos dos oficiales “comunes” de Efesios 4:11, 12 que continúan perpetuamente en la iglesia (The Faithful Shepherd, p. 28). Durante el siglo XVII, los puritanos usaron el término “Pastor” en algunas de sus obras publicadas. Las obras anglicanas y puritanas del siglo XVII sobre cuidado pastoral se referían a los clérigos parroquiales (locales) como “párrocos” (The Country Parson, de George Herbert) y “Pastores” (The Reformed Pastor, de Richard Baxter).
[20] Ministry in Historical Perspectives, p. 116. “Los reformadores alemanes también adhirieron al uso
medieval y llamaron al predicador Pfarrer, es decir párroco (derivado de parochia–parroquia y parochus–párroco). Mientras que los predicadores luteranos son llamados “Pastores” en Estados Unidos, siguen siendo llamados Pfarrer (cabeza de la parroquia) en Alemania. Dada la transición gradual del sacerdote católico al Pastor protestante, no era infrecuente que las personas siguieran llamando a sus nuevos predicadores protestantes con los viejos títulos católicos, como “sacerdote”.
[21] La palabra “Pastor” ha aparecido siempre en la literatura teológica tan atrás como en el período patrístico. La elección de la palabra dependía de la función que se deseaba resaltar: Un Pastor guiaba moralmente y espiritualmente. El sacerdote oficiaba los sacramentos. Aun así, el término “Pastor” no estuvo en labios de los creyentes comunes hasta después de la Reforma.
[22] The Ministry in Historical Perspectives, p. 116.
[23] La palabra “sacerdote” pertenece a la tradición católica/anglicana, la palabra “ministro” pertenece a la tradición reformada y la palabra “Pastor” pertenece a la tradición luterana y evangélica (p. viii). Es cierto que los reformadores se referían a su ministro como “Pastor”, pero en general lo llamaban “predicador”. La palabra “Pastor” luego evolucionó para convertirse en el término predominante del cristianismo para este cargo. Esto se debió al predominio de estos grupos, que buscaban distanciarse del vocabulario de la “iglesia alta”. El término “ministro” fue introducido gradualmente al mundo de habla inglesa por los no conformistas y disidentes. Ellos deseaban diferenciar el “ministerio” protestante del clero anglicano (The Ministry in Historical Perspectives, p. 116).
[24] Institutes, IV: 3:2, p. 1055.
[25] The Ministry in Historical Perspectives, p. 138.
[26] “Pues su modelo (el de Calvino) se retrotrae a la iglesia de principios del segundo siglo más que a la de la era estrictamente apostólica. En la era apostólica la comunidad cristiana local estaba a cargo no de un pastor único sino de varios funcionarios conocidos indistintamente, según lo señala, como presbíteros (ancianos) y obispos. Fue sólo en el segundo siglo que vino a la existencia el obispo o pastor único de la comunidad cristiana, como en las Epístolas de Ignacio… Fue de esta etapa de desarrollo del cargo ministerial en la iglesia de principios del segundo siglo que Calvino tomó su modelo” (Calvin and the Reformation, pp. 81–82).
[27] James H. Nichols escribe: “Los reformadores también aceptaron, en general, el sistema del segundo siglo de un ministerio institucionalizado de pastores o obispos para guiar a los laicos en la doración… No intentaron volver a la era de los apóstoles” (Corporate Worship in the Reformed Tradition, p. 21).
[28] Ministry in Historical Perspectives, p. 111.
[29] Efesios 4:8 / 4:12
[30] Efesios 4:15 / Col. 1:18 / Col 2:18,19 /
[31] Efesios 5:23
[32] Gal 4:19
[33] Col 1:27
[34] Efesios 2:15,16
[35] 2 Cor 11:3
[36] Rom 14

 

apostoles-como-frutos

y debes saber esto …

 

Y debes saber esto: que en los últimos días vendrán tiempos difíciles;
porque los hombres serán egoístas, amigos del dinero, arrogantes, soberbios, difamadores, desobedientes a sus padres, ingratos, irreverentes,
sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, enemigos de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos,
y amigos de los placeres más que de Dios,
que tendrán apariencia de piedad, pero negarán su eficacia.
Apártate de ellos.
Porque de éstos son los que entran furtivamente en las casas y toman cautivas a mujercillas cargadas de pecados, llevadas por diversas pasiones;
los cuales siempre están aprendiendo,
y nunca pueden llegar al conocimiento pleno de la verdad.

Y de la manera que Janés y Jambrés resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres de mente corrompida
y réprobos en cuanto a la fe.

(2 Timoteo 3:1-8)

 

El apóstol a Timoteo.  “Y debes saber esto”… en una continuidad del párrafo final del capítulo 2: “… evita las controversias necias e insensatas, sabiendo que engendran contiendas, porque un siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable con todos, apto para enseñar, tolerante; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda el arrepentimiento conducente al conocimiento pleno de la verdad, y vuelvan en sí, y escapen del lazo del diablo en que están cautivos a voluntad de él.

En esta porción de su segunda carta a Timoteo, quizás su última carta antes de ir al sacrificio (ver 4:6-8), en su característico estilo, lleno de digresiones y citas de los libros antiguos (en este caso cita el libro de Jasher al mencionar a Janés y Jambrés, nombre no citados en Éxodo 7, sino en dicho libro), insiste en un asunto: “el conocimiento pleno de la verdad”.

Es este un tema de gran importancia para Pablo. Él ora constantemente, según lo atestiguan las cartas a Efesios, Filipenses y Colosenses (Efe 1:17/Fil 1:9/Col 1:9), por “que seáis llenos del pleno conocimiento

En una de las más preciosas recomendaciones del apóstol, después de exponer “su evangelio” completamente, a través de la Carta a los Romanos, habiendo expuesto el maravilloso plan del Eterno, durante 8 capítulos, desde la condenación hasta la vida en el espíritu, y al terminar el espacio parentético de los capítulos 9 al 11, en los que trata de la soberanía de Dios, exclama exultante:

“¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!
Pues ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?
¿O quién le dio a Él primero, para que le sea recompensado?
Porque de Él, por Él y en Él, son todas las cosas.
¡A Él sea la gloria por siempre! Amén.

(Romanos 11:33-36)

 

Y procede entonces a exhortar a los creyentes, en vista de lo expuesto, a un culto “racional”, consistente en una consagración completa;  y a una transformación que deviene de la renovación de la mente, para así poder COMPROBAR, cuál sea la buena, agradable y perfecta, voluntad de Dios.

Jesús, quien se definió a sí mismo como la verdad, expresó Su misión, el sentido de Su existencia en una sentencia: “he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38)

El camino, la verdad y la vida, estriban en un asunto, y en uno sólo: “la voluntad de Dios”.  Y comprobar cuál sea esta voluntad es posible sólo para un ser transformado, por un entendimiento renovado.  Está claro que no se trata de “conocer” esta voluntad, no de definirla, sino de “comprobarla”.

¿Habrá otra verdad, aparte de la voluntad del Padre? …

 

Una mañana un profesor hizo este experimento en su clase.  Dibujó cuidadosamente, mientras todos sus alumnos observaban atentamente, dos puntos en una hoja de papel blanco y una línea negra entre ellos. Entonces pidió a cada estudiante, uno por uno, que le dijeran que era lo que veían.
La variedad de respuestas fueron, al mismo tiempo, interesantes y variadas, pero fueron en general acerca de dos puntos conectados con una línea negra.  Finalmente el profesor preguntó, “pero, ¿ninguno de ustedes vio la hoja de papel en la que escribí?”.
Por supuesto todos estaban disgustados.  El papel blanco estaba allí primero, antes de que cualquier cosa fuera dibujada, pero ellos se habían enfocado en lo que se escribió después.

Sirva esta historia para ilustrar este asunto.  Es necesario reconocer el “antes” de Dios, y Su “después”, si es que realmente queremos conocerle.

Y es que, en lo atinente a la verdad, Él es la verdad.

Solemos estar enfocados en asuntos morales y doctrinales de tal manera que hacemos de ellos “la verdad”.  Pero ¿es un código filosófico la verdad “plena”?…

Es mi convicción que en nuestro afán de constituir una definición de la verdad, los hombres, terminamos por establecer una especie de castillo personal desde el cual atacamos y nos defendemos férreamente.

Pero Dios ha puesto dentro de cada hombre la necesidad de un sentido de propósito, una urgente necesidad de verdad dentro de cada corazón.  Quita el filósofo dentro de cada hombre, y dejará de ser el hombre creado por Dios.  Destruye su sentido de propósito y pronto se convertirá en poco menos  que una bestia.

Es por eso que, como creyentes, necesitamos desarrollar una verdadera filosofía de vida centrada en Dios, esto significa que necesitamos ver todas las cosas en su relación apropiada con Dios y Su Propósito Definitivo.  Por desgracia, no sólo el mundano, sino también el creyente, tienden a interpretar todas las cosas de acuerdo a cómo se relacionan, primariamente, con ellos mismos; para encontrarse, inmediatamente, sorprendidos al no poder evitar las paradojas o contradicciones que parecen anular sus intentos de ver la vida claramente, y verla completa.

La intención de Dios, nuestro Padre, es que todo hombre pueda encontrar las respuestas a los más profundos enigmas de la vida.  Es por esta imperativa necesidad que “Cristo nos ha sido hecho filosofía de Dios, así como justicia, santificación, y redención” (1 Cor 1:30 Lexham English Bible translation).  ¿Por qué hizo Él esto?, para que Él pueda convertirse en la respuesta a las más grandes cuestiones y problemas del hombre, y pueda así transformarlo plenamente con vistas a completar el Proyecto Divino.

La verdad de Dios, aunque los incluye, no está constituida por asuntos morales.  Cuántas veces hemos visto creyentes sucumbir desconcertados ante las paradojas del AT, cuando Dios ordena la destrucción de pueblos enteros o hace descender Su ira sobre la humanidad toda.  O al tratar de conciliar la inclusión de personajes “indignos” en la genealogía del Cristo o la elección de un asesino de creyentes como apóstol a los gentiles.

Desde la perspectiva de la visión legal en la que descansa la visión de la “verdad religiosa”, estas cosas son sobreseídas; y aún más, no es extraño que este concepto de verdad resulte siendo, a través de la historia, pretexto para la violenta persecución de los pensamientos opuestos.

Pero, ¿no será todo esto, sí, todo, las guerras, las naciones, los caudillos, los pensamientos políticos, la economía, las religiones, los eventos meteorológicos, cósmicos; en fin, todo,  parte de una “Verdad completa” que sólo es posible encontrar en la visión de la “Intención Definitiva” de Dios?

Y si hablamos de La Verdad, ¿nos conformaremos con segmentos de ésta, interpretaciones y conceptos, remitidos al estrecho entorno de nuestra vida humana?

¿No son la Justificación, la Santificación y la Redención, operaciones que aunque se realizan en esta dimensión de tiempo y espacio, apuntan a una muy diferente: la vida eterna?

¿Podremos afirmar entonces que esa verdad, constituida por principios morales, es la verdad ABSOLUTA

Dios es absoluto.  Y sólo Él lo es.  Por definición y por nombre YHVH es “El que Es”, y en éste “tetragramatón”, este aparente acertijo, se encuentran encerrados todos los misterios de sabiduría y verdad. Él es antes, es hoy, y será después… y por eso, La Verdad, no es un asunto que pueda comprenderse desde la temporalidad de las cosas que se ven.

Por tanto, el sabio (el espiritual) lo juzga todo y calla.
Y en su interior, la verdad le será revelada.

 

…no poniendo nuestra mira en las cosas que se ven,
sino en las que no se ven;
porque las que se ven son temporales,
pero las que no se ven son eternas.

(2 Corintios 4:18)

 

 

Las Apariencias

Miráis las cosas según la apariencia exterior.

Las apariencias, o la apariencia, es lo más importante para los hombres, tan importante, que llega a ocupar, en sus mentes, el lugar de la realidad.  El hombre natural es guiado por lo que ve, y vive tratando de erigir de sí mismo una “buena” apariencia, conforme a su propia idea de verdad.

El Señor Jesús, no se ocupaba de las apariencias, pues Él veía, y ve, el corazón de los hombres.  Aquello que constituye lo más engañoso que existe (Jer 17:9), es, para Dios, un libro abierto.  De nada sirven las apariencias, a los ojos del Altísimo todo es transparente.

Las escrituras testimonian con gran claridad y elocuencia cuál es la obra que, a través del Espíritu de Vida, el Eterno realiza en aquellos que Él ha llamado a Su comunión: su TRANSFORMACIÓN.  Una transformación que fluye de dentro hacia fuera.  Una transformación que no es posible para el hombre por sí mismo, pues es imposible de realizar desde el exterior.

“Todos los que desean tener buena apariencia en la carne, quieren obligar a los demás a circuncidarse… Pero, ni la circuncisión es algo, ni la incircuncisión, sino LA NUEVA CREACIÓN” (Gal 6:12-15).

La circuncisión era la marca que hacía de un gentil (un no judío), un judío.  Era el rito por el cual se le daba pertenencia, identidad, como un “prosélito”, uno que aceptaba, y que seguía, las leyes y normas de los judíos.  En aquellos días, muchos interpretaban que era necesario hacerse un judío para poder seguir al Mesías.

A este respecto conviene tener presente las enseñanzas de Pablo (judío de nacimiento, circuncidado al octavo día, fiel cumplidor de la ley, educado a los pies de uno de los principales maestros de Israel de su tiempo; pero que tuvo todo esto por pérdida, “por la superioridad del conocimiento de Jesús el Mesías”), y del autor de la carta a los Hebreos, de quienes podemos leer de qué manera todo aquello era tipo, sombra y figura de lo real.  Y TODO fue cumplido por el excelente y completo “antitipo”, Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios.  No hay ya dos pueblos, pues de los dos, Él hizo EN SÍ MISMO, un NUEVO HOMBRE. (Efe 2:15)

En estos días ocurre algo similar.  Aunque fue mucho tiempo atrás que los discípulos comenzaron a ser llamados “cristianos” (Hec 11:26) (por allá del año 40 dC,), un término, al principio peyorativo, un apodo dado por los otros que, en años más recientes, comenzó a ser adoptado como símbolo de pertenencia a una gran denominación, la cristiandad. Con diferentes “apellidos”, es ahora utilizado incluso, de la misma manera que en aquel entonces “judío”, para decir: ser cristiano es ser esto, o hacer aquello, para ser buen cristiano debes….

Pero, ¿es esto así?… ¿es esto lo que el Espíritu y las Escrituras enseñan?

Tanto el Señor Jesús, como los apóstoles nos hablan de una transformación que fluye del interior. (Jn 4.14; 2 Cor 4:16; Efe 3:16; 1 Ped 3:4).  El “hombre interior”, dice Pablo, está siendo renovado.  Y afirma con autoridad, en otra parte, que “el que se une al Señor, es un solo espíritu con Él”.  Notemos que aquí, “espíritu” está escrito con minúscula, pues el hombre tiene un espíritu, y es éste el que ha sido hecho uno con el Señor.  He aquí el manantial de esa fuente que fluye para salvación. Este es el punto de partida para la renovación, para la transformación (metamorpho) de la que habla el apóstol cuando dice: “Pero nosotros todos, con rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados por el Espíritu, de gloria en gloria, en la misma imagen del Señor”.  (2Co 3:18)

Es la escasez de fe, no otra cosa, el origen de esa necia insistencia en prácticas externas, como el camino a la santidad.  El paradigma religioso diseñado y establecido por el enemigo de las almas, es tan poderoso que a lo más que ha podido aspirar es a una “reforma” de las prácticas religiosas, muy ligera por cierto; pero que es capaz de aprisionar la mentes de los hombres, de manera que hace materialmente imposible para la gran mayoría el poder concebir al “Nuevo Hombre”.  Todos están muy ocupados tratando de mejorar el viejo hombre; pero esto ¡es imposible!  La carne, SIEMPRE estará en contra del espíritu (Gal 5:17), la carne no se puede mejorar, la carne debe morir.  El camino de la santidad es la Cruz. Y este es un camino que sólo puede ser recorrido por fe.

NO hay tal cosa como un “cristiano” bueno o malo.  Nadie es parte de la nueva creación por ser “cristiano”.  Estamos en Cristo, o estamos en Adán. (1 Cor 15:45)

Es por eso que “la apariencia de piedad, niega la eficacia de ella”… Nadie puede “fabricar” el misterio de la piedad en sí mismo, sino Cristo.  Estamos en Cristo, o estamos en Adán.  NO importa cuán piadoso aparente ser uno, Adán es Adán.  ¿Por qué?, dice el apóstol, ¿por qué?, ¿si han muerto con Cristo a los principios del mundo, se someten ustedes a preceptos: no hagan, no coman, no toquen, como si vivieran en el mundo?… ¿No se dan cuenta que todo eso son mandamientos y doctrinas de hombres, cosas que pierden sentido con el uso?

Ah sí, claro que reunirse ciertos días, practicar algunas rutinas, repetir algunos “puntos doctrinales”, hablar de una cierta manera… todo esto tiene una cierta reputación de sabiduría en una religión impuesta por uno mismo, y en una falsa humildad y sometimiento, pero no tiene ningún valor contra los apetitos de la carne.  (Col 2:18-23).

Y es que estos apetitos de la carne, suelen ser también “buenos”.  Queremos ser reconocidos como personas piadosas, hablando “piadosamente”: pero puede ser la carne la que busca reconocimiento.  Queremos ser vistos como fieles defensores de la fe, afirmando una y otra vez aquellos puntos doctrinales que constituyen la base de nuestra filosofía (repitiendo enseñanzas ajenas y olvidando  la enseñanza de los apóstoles); pero ¿será la carne la que se exhibe?… (Rom 14)

Sólo hay una apariencia que importa.  Y esta es la apariencia de Cristo en el interior del corazón del ser, en lo incorruptible de un espíritu afable y apacible, este es muy precioso delante de Dios. (1 Ped 3:4)

apariencia

Fe

En su hambre les diste pan del cielo…

(Neh 9:15ª)

 

En el hebreo la palabra utilizada para “Cielo”, en las escrituras, es “Shamaim”. El “im” al final, significa que es plural. El “cielo” es plural, porque no tiene límites. Es para siempre, infinito, es superior, es Celestial.

Pero la palabra (hebreo) “erets”- tierra, no tiene “im” porque es singular. Las cosas de la tierra son finitas; limitadas. Tienen un comienzo y un punto final en el espacio y el tiempo.  Las “cosas” terrenales son temporales, las celestiales, son eternas.

Aquel que vive con su corazón envuelto en las cosas terrenales, estará siempre funcionando en una provisión de escases o vacío. No importa cuánta abundancia material pueda tener, su provisión de vida es temporal y perecedera.  Pero para aquel que vive por lo celestial, por el Espíritu, por fe, su provisión de vida será ilimitada porque no tiene final. Será lleno hasta rebosar y sin límites. Un corazón abierto por la fe puede contener lo que no tiene fin. Pablo dijo: “Vivimos por fe, no por vista…” Las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven, son eternas.  Así que todo el que quiere dejar de estar limitado por la tierra, debe vivir conforme a una “Visión Celestial”, por medio de su espíritu, una vida sin limitaciones. El que vive en los cielos no puede ser atado a la tierra.

“Aquel cuya alma no es recta está envanecido, pero el justo por Mi fe vivirá”

Pero vemos que la fe de los hombres tiene como referencia las cosas materiales.  Cuántas veces oímos, con tanta pena, a los “cristianos” decir: – estoy creyendo por mi casa, por mi carro – (como si nuestro Padre no supiera de qué tenemos necesidad); y es que esa, es la fe en la que son enseñados, la fe del hombre natural.  Pero esa NO es la fe de la que habla la escritura.  Es más, esta clase de “fe” es obstáculo para la fe de Cristo.

De qué manera leerá un creyente así enseñado, escrituras como 2 Corintios 4:18 “no poniendo nuestra mira en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; porque las que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”; o Colosenses 3:1,2 Si pues fuisteis resucitados juntamente con el Mesías, buscad las cosas de arriba, donde está el Mesías sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.… Cómo podrá entender que  “Todo el que procure salvar su vida, la perderá, y todo aquel que la pierda, la salvará”

Así, pasajes como estos, por todo el Libro, vienen a ser como porciones que quedan allí, rechazadas, como platos de comida que nadie quiere.  Cosas extrañas, incomprensibles para un paladar acostumbrado a otra clase de comida.  Tal vez es por esto que aquella comida celestial, aquel pan del cielo, fue llamado Maná – “¿qué es esto?”

La fe de Dios tiene su origen en Él, y es perfeccionada en Él.  Es Celestial.

El hombre natural, aquel cuya alma no es recta, tiene su mirada puesta en sí mismo, su interés, su deseo.  Vive, como dice Efesios, “haciendo la voluntad de la carne y los pensamientos”.

El hombre espiritual, el que ha nacido de nuevo, fija su mirada en Cristo, el autor y consumador de la fe.  Y vive… ¡ABUNDANTEMENTE!.

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Dios Fiel

Tú has sido justo en todo lo que nos ha sobrevenido, porque has actuado fielmente, pero nosotros hemos actuado perversamente.

(Neh 9:33)

Pocas veces, un hombre de Dios expresa tan claramente tal conocimiento acerca de la fidelidad de Dios como lo hace Nehemías (Dios consuela) en este pasaje del capítulo 9.

Escuchamos con mucha frecuencia decir: “Dios es fiel”.  Pero las más de las veces esta manera de hablar tiene que ver con un pensamiento lleno de expectativas por obtener alguna clase de beneficio; se interpreta la “fidelidad” de Dios como una disposición de provisión, seguridad, salud y paz, incondicionales.  Pero no hay ningún lugar en la escritura que describa la fidelidad de Dios de esa manera.  Sí, Dios es fiel, pero es fiel a Sí mismo, es fiel a Su palabra.

Cualquiera que esté familiarizado con el testimonio del Antiguo Testamento verá en este pasaje histórico, del siglo V antes de Cristo, un vívido ejemplo de la pasión de un siervo instituido por Dios.  Han pasado 120 años desde el retorno de los primeros judíos a Jerusalén de su cautividad en Persia.  El pueblo que volvió, conducido por Dios, se ha mezclado con los habitantes de la tierra, al extremo que muchos de los hijos allí nacidos no podían siquiera hablar el idioma de los judíos.

Como antes sucedió, generación tras generación, aquel pueblo escogido, llamado, y liberado por Dios, con grandes señales y prodigios, ha vuelto a olvidarse de Su redentor.  No son fríos, pues guardan tradiciones y costumbres, tal vez ignorando ya sus significados, simplemente siguen historias y doctrinas cuyo origen desconocen.  Pero tampoco son fervientes, pues en su corazón han abandonado el llamamiento de ser una nación santa.  Son religiosos, son tibios.

De continuo, la historia de Israel ha sido marcada por la desobediencia, de tal manera que ésta ha llegado a convertirse en cinismo, y en total ignorancia esperan que Dios les sea propicio en su vana manera de vivir.

Pero Dios es fiel, de manera que el juicio, la corrección, son la constante sobre este pueblo.  Cada vez que el pueblo se volvió a Él con genuino arrepentimiento recibieron Su misericordia, porque Él es fiel, y con el juicio habría de venir también la misericordia.  Pero no sin arrepentimiento, no sin cambio.  La historia lo prueba.

En estos días, que nos ha correspondido vivir, una errónea interpretación de la Gracia divina ha conducido al abandono de la justicia, y la santidad se ha convertido en palabra extrema entre el pueblo de Dios; pero Dios es fiel, Su palabra no ha cambiado.  Así vemos que alrededor del mundo la iglesia es sometida a presiones, las naciones poderosas cambian sus leyes y la libertad de culto es amenazada.  La Biblia no es más tolerada en las escuelas.  El satanismo y la perversión sexual se convierten en legislación que amenaza y persigue las convicciones de fe. La apostasía ha comenzado y el mundo parece encaminarse a un escenario en el que el cristianismo será puesto a prueba.

Para la mayoría quizás pase desapercibido, pero se avecina un tiempo difícil de imaginar.  Un tiempo que habrá de despertar la necesidad de  definición.  Un tiempo que es el producto de la fidelidad de Dios.  El juicio se aproxima, y comienza por la casa.  La disciplina es para los hijos, y tiene como cometido traer la humillación y el arrepentimiento.  La corrección es la oportunidad que la misericordia de Dios ofrece a un pueblo que se ha vuelto duro de cerviz.

Tú YHVH has sido justo en todo lo que nos ha sobrevenido,
porque has actuado fielmente

Cuando lo nuevo se vuelve viejo.

Y ninguno, habiendo bebido vino añejo, desea el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.

(Luc 5:39)

La religión es, según alguien ha dicho, “el más sofisticado invento del hombre”.  Ese conjunto de tradiciones y normas con las que los hombres pretenden sostener una relación con Dios, es un poderoso cepo a mentes y corazones; entorpece el entendimiento e impide la visión espiritual.

El Maestro, no obstante admirado por Su enseñanza y las maravillas que hacía, era criticado por los religiosos, pues se sentaba a la mesa con los que ellos despreciaban.  Los fariseos, nacionalistas, despreciaban a los cobradores de impuestos;  los escribas, autonombrados guardianes de la ley, señalaban como pecadores a los que no la guardaban conforme a lo que ellos enseñaban  (en realidad, nadie podría cumplir toda la ley; pero ellos se hacían jueces y verdugos de una ley que no podían cumplir, y despreciaban a todo aquel que no se plegaba a sus enseñanzas)

El Evangelio, poder de Dios, prometido en las escrituras, llegó entonces como lo nuevo.  Superior a la ley, a la religión y a la tradición.  Pero aquellos para quienes, primeramente, se hacía presente, se mostraban incapaces de recibirlo, pues estimaban mejor el vino añejo de sus tradiciones.

Hoy, lo nuevo, se ha tornado viejo.  A través de los siglos la iglesia de Cristo se llenó de la invención humana, y lo que vino del cielo se llenó de lo terrenal; se llenó de arrugas.  Lo eterno no envejece, pero lo humano sí.  Pero es eso, lo que envejece, lo que los hombres aman, mientras más viejo más valioso. Y es así que, nuevamente, la tradición sujeta a los hombres, cerrando sus oídos y cegando su visión espiritual.

Templos, liturgias, órdenes eclesiásticas, doctrinas, filosofías, dieron forma a lo que hoy es el vino viejo del cristianismo, y ya nadie aprecia el vino nuevo del Espíritu.  Los discursos motivadores, las promesas de prosperidad y las profecías de paz sustituyeron la revelación.

Y lo sobrenatural, lo espectacular, lo vistoso y colorido, las cosas que se ven… se sobrepusieron a las cosas que no se ven.

…nadie, después de beber el añejo, desea el nuevo…

En esta etapa del tiempo, en esta fase (Kairos) del propósito eterno, Dios está ocupado en la redención del hombre.  Tal como lo hiciera con aquel pueblo, escogido para servir de ejemplo a las generaciones que habrían de alcanzar los tiempos que ahora vivimos, que fue conducido al desierto, luego de su liberación; continúa propiciando a través de las múltiples vicisitudes de la vida humana, la oportunidad de que descubramos lo que hay en nuestro corazón.

¿No es acaso el corazón del hombre ese engañoso escondrijo a donde acuden todos sus deseos a vestirse de piedad?… ¿quién lo conocerá?

Las circunstancias y condiciones que rodean la vida del creyente, en el ámbito de lo social, económico, política, son precisamente los medios que el Altísimo está ahora utilizando para conseguirse una nación santa.

No es, como algunos, no sé si inocente o mojigatamente, creen (o desean), misión del Espíritu solucionar las crisis y complicaciones en las que se ve envuelto el hombre, a causa de sus propios ímpetus y desórdenes.  ¡Oh, qué alejada de la realidad se encuentra tal concepción!, como si la avaricia, la maldad innata del hombre fuera a ser borrada de un plumazo, a fin de que unos que oraron digan: ¡respondió a nuestras oraciones!

Cuánto bien harían a sí mismos quienes, revestidos de su propia justicia, enarbolan la bandera de la nacionalidad propagando piadosos propósitos, si examinaran en lo secreto lo que albergan en lo más íntimo de su corazón.

Entonces, Le conocerían, tal como Él es…. Y Él a ellos

No cabe duda de que existen algunos misteriosos matices en la conducta del hombre, a través de toda su historia.  Misterios que dejan de serlos a la luz de la revelación divina, contenida en las santas escrituras; pero es precisamente este un aspecto que habría de sorprendernos más: advertir que, aun cuando existen advertencias, señales, anticipaciones, en fin toda clase de enseñanzas, son estas ignoradas, he aquí el misterio.

Oyen bien, pero no entienden; ven bien, por cierto, pero no comprenden.  ¿ Acaso no está escrito en el libro de Isaías, la experiencia que habría de sobrevenir a un pueblo duro de conciencia, que fue, una y otra vez tras lo suyo propio, mientras decía: somos casa de Dios, somos su pueblo ?

Afirma el apóstol Pablo que lo acontecido a aquel pueblo que YHVH sacó de Egipto, habría de servir de ejemplo a aquellos a quienes alcanzaran los últimos tiempos, y esto no se refiere sólo a lo acontecido en el desierto, el que tal cosa piensa tiene muy corto entendimiento del propósito de las escrituras y el valor del testimonio que estas contienen.  Alguien dijo que un pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla.  Y esto es exactamente lo que sucede, esto es lo que torna inútiles los oídos y la vista de los hombres ante los hechos que presencian, ignoran el testimonio de Dios, han inclinado su cabeza ante los ídolos y no escuchan ni ven más que lo que brota de labios de sus propios sacerdotes obnubilados.

En los días de Uzías, de Jotam, de Acaz y de Ezequías, reyes de Judá, tiempos de la misión del profeta Isaías, vemos una serie de sucesos que ilustran el porqué del extraño mandato entregado al profeta, el cual puede leerse en el capítulo 6, y así mismo lo que habría de ser el fin de aquel pueblo.

No es el propósito de estas líneas suplir lo que sólo la escritura puede hacer, pero te aseguro, lector, que hay sabiduría en esta lectura.

No en balde el Maestro, al ser preguntado por sus discípulos acerca de la razón de que utilizara parábolas para enseñar y no un hablar directo, respondió citando al profeta en esto: “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”

¿Habrá quien quiera ver y entender?

El paradigma de la Navidad

La instauración de la celebración de la Navidad, el 25 de diciembre de cada año en el mundo cristiano, es atribuida a un decreto del papa Liberio en 354 AD, y las más tempranas  menciones de dicha fecha como la del nacimiento de Cristo, durante el siglo II, a Sexto Julio Africano, un historiador cristiano-helenista al servicio del emperador Septimio Severo.

La Biblia no registra que los discípulos le hubieran dado a este evento carácter alguno de celebración ni la doctrina de los apóstoles lo menciona.

El origen de esta datación del nacimiento de Jesús de Nazareth ha sido más bien motivo de muchas indagaciones y amplias discusiones, lo cierto es que, una vez establecida por la iglesia institucional, pasó a reemplazar a las festividades paganas de culto al sol, permitiendo así al poder temporal, el imperio romano, asimilar sincréticamente, muchas costumbres y tradiciones practicadas por pueblos paganos muchos años antes de Cristo.

Si nos apercibimos de los hechos que rodearon a la formación del cristianismo como institución religiosa, bajo la égida de emperadores romanos y en tiempos políticamente convulsos, podremos apreciar con más claridad las razones y motivos por los cuales resultó de la mejor conveniencia para el poder político interpretar las tradiciones paganas por medio de su incorporación a un nuevo calendario ( el calendario juliano, impuesto por Julio Cesar en el 46 AD, calendario solar que sustituyó al calendario lunisolar judío ) y a una nueva fe ( la institucionalizada iglesia católica ), de manera que en lugar de oponerse y anularlas, provocando descontento en las masas, decretaba su transformación permitiendo así que la agenda de estos pueblos no tuviera que cambiar y facilitaba su conversión y mejor control político, bajo una organización cuya cabeza se estableció en Roma (supremacía del obispo de Roma), durante mucho tiempo a la par del emperador.

Este contexto permite suponer con bastante certeza que, a despecho de argumentos románticos y elaborados como tradiciones, la festividad de la Navidad, nunca mencionada en la Biblia, tiene su origen en la estrategia política del imperio y no tiene soporte doctrinal.

Las escrituras establecen con claridad las fechas para muchas fiestas, convocaciones y conmemoraciones, principalmente para las santas convocaciones dadas por JHVA al pueblo judío, revistiendo éstas múltiples significados, como recordación de eventos ocurridos al pueblo de Dios, y como  anticipación profética de aquellos que habrían de ocurrir en la historia.  Pero todas estas tienen el contenido de hacer de su pueblo uno apartado, “santo”, o sea cuyas celebraciones no corresponden a las mismas que las naciones que les rodean.

Paradógicamente, a pesar de considerar dentro del canon de la Biblia las escrituras que originalmente constituían la Torá del pueblo judío (sínodo de Roma 382 AD), la iglesia institucional tuvo desde su inicio el propósito de distanciarse de la tradición judía, utilizando otro calendario y obviando por completo las ordenanzas de Levíticos, Números y Deuteronomio, excepción hecha del diezmo al cual agregó toda clase de exacciones monetarias con el fin de fortalecer su dominio, manifiesto a través de la historia por medio de grandes edificaciones, mecenazgos, ejércitos y muchas otras obras materiales.

Una de las principales razones, pues, para el establecimiento de una celebración que tuviera un arraigo en la persona de Jesús, fue que no correspondiera a ninguna de las establecidas bíblicamente, y el argumento fue el de “no judaizar”.  De la misma manera que el diez solis de los romanos, que era el primer día de la semana, fue convertido en el diez dominicus o domingo, reemplazando al shabat de los judíos, el día 25 de diciembre, día del solsticio de invierno, para los romanos Natalis solis invicti o Nacimiento del sol invicto, asociado a la conmemoración del nacimiento del dios Apolo, fue transformado en la fiesta de Navidad.

Aunque para algunos la clave de este asunto está en la fecha real en que pueda ubicarse el nacimiento de Jesús, debemos comprender que no es ese el ángulo principal en esta discusión.  Para el cristiano nacido de nuevo, aunque el nacimiento del Cristo significa el inicio de la consumación del misterio de los siglos, este evento no puede tener más significado que el que se puede advertir tiene para los creyentes según la historia bíblica, y en este orden es notorio advertir que ni el Maestro, ni ninguno de sus apóstoles, cuya doctrina es fundamento de la fe cristiana, hace mención de alguna celebración o conmemoración relacionada con el mismo.  De hecho, el Nuevo Testamento no agrega ninguna celebración, conmemoración o festividad, a las instituidas por Dios mismo en el Antiguo Testamento.

El paradigma creado por la Iglesia institucional, en contubernio con el Imperio romano, ha persistido de siglo en siglo, de manera tal que muchos se consideran cristianos porque celebran festividades como la navidad, agregándole un contenido de tipo emocional y afirmando que conmemoran el “cumpleaños” de Jesús, sin saber que realmente conmemoran la fiesta del natalicio del sol, agregando en su ignorancia tradiciones de diferentes orígenes, para ellos desconocidos, de origen pagano y mundano, las que incluyen decoraciones, regalos y viandas, estos últimas como elementos indispensables que le han conferido un carácter de tipo comercial sin comparación.

Cabe, como referencia obligada, hacer aquí recordatorio de la Pascua, instituida por Jehová, que es la prefiguración de nuestro Señor Jesucristo, la que se celebra con panes ácimos, sin levadura, sin contaminación, y se refiere al sacrificio del cordero perfecto para la redención de la esclavitud del pecado.  La carga de significado de esta fiesta habría de dar lugar a que fuera transferida a la gentilidad como una celebración digna de recordar, sin embargo vemos que los apóstoles no lo hacen así, de manera que no hay más celebración para el discipulado cristiano que la carne y sangre del Señor, que simboliza su sacrificio, recuerda su resurrección, y apunta a su próxima venida.

Cada santa convocación, fiesta, o celebración, ordenada por Dios a su pueblo fue hecha con requerimientos puntuales y todas encierran gran simbolismo para los que hemos sido alcanzados por este tiempo.  Aquello, que es sombra, nos habla acerca de las cosas  reales, y en todo su contenido tienen un gran significado de la santidad que el Padre espera de su iglesia.  El propósito encerrado en las ordenanzas del Eterno a su pueblo fue el de que éste se consagrara por entero a El (Lev. 20:7-8) y esto no ha cambiado (Mat. 5:17).  De allí que, para el creyente sincero, es mejor ser celoso de los orígenes y significados de lo que celebra, no vaya por ignorancia a resultar envuelto en todo aquello de lo que el Señor ya lo rescató.

“No todos los que me dicen: ‘Señor, Señor’, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial.

Aquel día muchos me dirán: ‘Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros. ‘

Pero entonces les contestaré: ‘Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!’

(Mat 7:21-23)

¡El que tiene oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias!’ “

(Apo 3:22)